
Acudo como invitada a casa de mi amigo Luís Vargas, un entrañable argentino que decidió a finales de los setenta realizar su viaje de novios a la gran manzana. Allí lleva todos estos años que le han dejado un trabajo uniformado, tres maravillosas hijas, nietos y vecinos como el que se asoma a mi visor en una tarde poco antes de atacar un asadito en la trasera de su casa. Recuerdo que una hinóspita lluvia quiso posarse de manera molesta por cada poro de mi cuerpo, confundiendo mi sudor con otra cosa líquida. La verdad que no tengo ganas de regresar al hotel, sus conversaciones me hacen sentirme como en casa.
« N.Y. windows | Inicio | N.Y. La gran puta »
« N.Y. windows | Inicio | N.Y. La gran puta »

Escribe un comentario